Una dura batalla


PEQUEÑA VENEZIA

“Sé amable, porque cada persona que te encuentras está librando una dura batalla”. Así rezaba un pequeño cartel hecho en blanco y negro, hoja tamaño carta, pegado en tres lugares diferentes en una de las oficinas del Servicio Automatizado  de Inmigración y Extranjería de Venezuela en Caracas, donde me encontraba tramitando la renovación de mi pasaporte.

Apenas vi en la pared esa petición hecha al ciudadano desde lo profundo de cada dura batalla personal de los que allí laboran, sentí su magia, su timbre, su grito silencioso.

Allí había una petición, si, de un “sé amable”, y también -y sobre todo- una afirmación protectoramente flanqueada por una generalización, que no necesitaba de comprobaciones: era como sentir una secreta y familiar complicidad en el horror cotidiano compartido por millones en Venezuela, 30 millones de duras batallas dándose a cada segundo, con víctimas fatales, heridos, exhaustos, hambreados… una dura batalla sólo ganada –por ahora- por un puñadito de los mismos de siempre.

Allí había un mensaje de los funcionarios del Estado en el que se podía leer: “nosotros también sufrimos, no existe ya la línea entre ustedes, los de afuera, y nosotros; nosotros también soñamos con un cambio, nosotros queremos ser tratados con amabilidad y respeto, y no ser confundidos ni etiquetados por nadie como los monstruos de la película. Nosotros no queremos librar más duras batallas”.

Y lo fascinante es que allí, en esa película tan real como un pasaporte válido para transitar por el mundo, todo fluía de maravilla, los funcionarios organizaban las colas desde afuera, eran amables, informaban, iban pasando la gente adentro apenas se desocupaban las sillas, todos los puestos de atención estaban operativos con funcionarios que incluso hacían bromas joviales al llamar al ¡siguiente!. En sólo una hora  pasé por los puestos donde me tomaron los datos, las huellas dactilares, la foto ¡y al día siguiente me llamaron para pedirme datos a fin de llevarme el pasaporte a mi casa por una suma razonable por el servicio!

En aquel lugar, aquel día, bajo el influjo homogeneizante y empático de aquel letrero que gritaba desde las paredes públicas su verdad y su súplica, me conecté con la Venezuela posible, con el funcionario eficiente… con la pesadilla y el dolor compartidos… con la esperanza. Mi dura batalla  se hizo –por momentos- menos dura.

 

Bienvenida seas, Esperanza


Vida2

 

La vida en todas sus formas contiene en sí misma la esperanza imbuida en cada célula,  en cada semilla, en cada huevo, en cada capullo, en cada embrión; la vida no es más que pura esperanza de ser y de llegar a ser, y por ello, esa vida en potencia necesita nadar en esperanza, nutrirse de ella, creer que, a pesar de todos los obstáculos, reveses y amenazas, su mandato universal de vida se impondrá.

Nosotros los humanos, cargamos -como seres vivos- con esa hambre de esperanza, es ella la que nos impulsa a luchar, a buscar, a crear…

Vivir sin esperanza es una forma sutil de morir, es un estado que, como avalancha destructiva y voraz, nos aplasta, nos inmoviliza y convierte la vida en un automatismo de supervivencia que pesa cada vez más en el lomo doblegado y obliga al cuerpo  a caminar con la mirada en la tierra, perdiendo de  vista el horizonte donde habita lo posible.

En mi país, Venezuela, millones de venezolanos habíamos perdido la esperanza de florecer y tener una vida digna en nuestra tierra que se fue secando en un ensayo fracasado de modelo económico y social que le falló al final hasta a aquellos en nombre de quienes se erigió, a los más pobres, ignorados, vulnerables y olvidados por modelos anteriores, quienes ahora pagan con hambre y hasta con su vida las consecuencias ya conocidas de inflación, escasez y violencia que no perdona bolsillos, estómagos ni cuerpos abaleables, a menos que se disponga de todos los privilegios que el dinero y el poder otorga, sobre todo si se está cerca del aparato de un Estado cuyo poder omnímodo contribuyó a pudrir algunas manzanas que acabaron por contaminar casi toda la cesta.

Poco después de la media noche del domingo 6 de diciembre de 2015 sucedió lo que esos millones de desesperanzados habíamos soñado, casi como una  utopía: la esperanza regresó de un largo viaje, infló los pulmones de energía para el grito profundo de ¡Viva  Venezuela! , levantó los brazos al cielo, cantó las raíces, danzó la vida y sus posibilidades.

De pronto, casi un país entero se estremeció de punta a punta dándole la bienvenida a la esperanza, al mejor alimento de la vida y de las naciones, esa esperanza que viene para todos, aun para aquellos que sin querer y con su mejor intención de hacer una verdadera revolución moderna  y sustentable, contribuyeron a que se fuera despavorida a tierras donde la dejaran ser.

Bienvenida seas esperanza, trae tu verde que hace falta en nuestro arco iris, anímanos a construir juntos usando la maravilla de nuestras miradas diversas y de las lecciones aprendidas, el país y la vida que nos merecemos en esta tierra de gracia.

Bienvenida seas, esperanza, prometemos cuidarte y alimentarte, así como tú lo haces con nosotros, tráenos de vuelta la risa, los sueños, las ganas, la unión y sobretodo, la Paz …

Las barricadas en Venezuela: “Siembra vientos y cosecharás tempestades”


Barricada Caracas

Mientras aunque sea una sola persona pueda morir porque no arribó a un hospital debido a que las calles fueron totalmente bloqueadas por barricadas o porque chocó de noche contra una de ellas, es suficiente razón para no utilizar esta herramienta de presión ciudadana en forma tan radical, evitando totalmente el paso a sus propios vecinos y otras personas ajenas a la comunidad que pueden o no estar de acuerdo con las protestas y que necesitan movilizarse hacia sus trabajos u hogares.

Pero el fenómeno de las barricadas en Venezuela necesita ser visto en toda su dimensión  humana, social y, por supuesto, política.

Veo cómo se multiplican y cómo son destruidas por guardias, policías y hasta bomberos, para luego volver a ser erigidas, aún más fuertes, por miles de ciudadanos indignados por la fuerte represión de la GNB contra las protestas pacíficas, por los 18 muertos, mil detenidos y al menos 43 torturados durante las últimas semanas de protesta en Venezuela. Una espiral que se proyecta hacia el infinito porque además la barricada también se ha constituido en una “barrera contra el enemigo que viene a dispararnos perdigones o balas, a golpearnos, a apresarnos, a entrar en nuestras casas sin orden de allanamiento”, es decir, en la respuesta más básica de supervivencia de un ser vivo. La barricada lleva en sus entrañas la fuerza del obstáculo, del “no pasarás”, y la defensa de un territorio seguro para la vida, es allí, en ese nivel donde nuestro cerebro reptil y emocional toma el control.

Y es que el venezolano ha sido víctima de muchas “barricadas” simbólicas por parte del régimen, de muchos “no pasarás” en la vida cotidiana, obstáculos que cierran o estrechan la vía de una vida que sueña con ser “normal” y digna; el venezolano tiene acumuladas en la tensión de su cuerpo y su psiquis toda la frustración de infinidad de “barricadas” construidas sistemáticamente por un gobierno ineficiente y con una inmensa hambre de control de muchos de los espacios de las libertades y derechos ciudadanos. Una siembra de vientos represados que tarde o temprano encuentra  salidas hacia las tempestades.

Así vemos la barricada de la prensa controlada por el gobierno  con su “no pasarás ni accederás  a información de tu interés que no convenga al régimen” (periodistas, por su parte se encuentran con “barricadas” para entrar en ruedas de prensa de organismos del estado, para acceder a cifras e información de interés nacional), la barricada en las entradas de los mercados con su “no pasarás, cuando quieras,  a comprar todo lo que necesitas”, la barricada de las líneas aéreas que no venden pasajes en bolívares a los venezolanos por la monumental deuda del Estado con su “no pasarás a  un país extranjero donde necesites ir por trabajo o familia”, más recientemente la barricada hecha con murallas de la GNB con su “no pasarás al oeste de la ciudad de Caracas para que los que sufren allá no se enteren de que los de acá están protestando también por ellos”, la barricada de un Bolívar cuyo valor se desvanece con un “no pasarás de X  bolívares en tu comprita del mercado, porque lo que tienes sólo alcanza para éso” y la más terrible y perversa “barricada” de todas, esa de “no pasarás por esta calle a esta hora porque allí puedes ser la próxima víctima”.

Han sido varios los ciudadanos, yo entre ellos, que se han manifestado en contra del uso del cierre total de las vías, pero ya  no se puede detener lo indetenible, cuando se enciende fuego cerca de la gasolina, ésta siempre estalla, un pueblo que aprendió de su gobierno el poder de limitar el paso a lo que lo amenaza, un pueblo que se defiende de su agresor en las calles, un pueblo convertido en gasolina, un pueblo convertido en olla de presión durante tanto tiempo mete al gobierno ahora en su propia olla de presión y lo convierte a su vez en un gran charco de gasolina.

Cuando las ollas estallan viene el caos, pedazos de país vuelan por los aires, hay miedo, dolor, destrucción. Hay momentos en la vida de las personas, de las comunidades y de los países en los que  sólo el caos puede llevar a un nuevo orden posterior, y ese caos llega un momento que escapa cualquier intento racional para contenerlo. Espero que la raya de lo irreversible no haya sido atravesada, existen otras vías también para llegar a un nuevo orden, que no están siendo escuchadas: “La oposición no debe inventarse una insurrección, sino llegar a ser mayoría” (Joaquín Villalobos,ex-guerrillero salvadoreño y consultor para la resolución de conflictos internacionales.)

 “Siembra vientos y cosecharás tempestades”… sólo queda al régimen y al pueblo atravesar esta terrible e histórica tempestad y esta larga noche, a la espera de un nuevo orden en el marco constitucional y democrático con un cambio de rumbo reconociendo los logros de inclusión de los gobiernos de Hugo Chávez, llevándolos incluso más allá, por un lado, y también reconociendo los graves errores en la conducción del país, por el otro, con un foco en el fortalecimiento y saneamiento de la economía y en diálogos constructivos de todos los dolientes del país, incluyendo, en la re-construcción del mismo, a todo aquel, venga de donde venga, que tenga algo que aportar para que Venezuela sea un país verdaderamente democrático y próspero donde realmente quepamos todos.

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DOS COLUMNAS PARA ENTENDER A VENEZUELA


Ilusion de realidad

Consciente de que hay tantas verdades como miradas, y tantas miradas como personas con un par de ojos, hace aproximadamente un año y medio decidí tener dos cuentas distintas de Twitter, una para seguir a los que se oponen a una forma de ver y gobernar a mi país, Venezuela, desde hace 15 años, y otra para seguir a los que apoyan la revolución bolivariana iniciada por Hugo Chávez.

Tiempo después descubrí aplicaciones como Tweetdeck y Hootsuite que me permitían tener dos columnas de Tweets abiertas al mismo tiempo, una para cada cuenta, para cada mirada.

Cualquier historia tiene al menos dos versiones y  yo, por deformación profesional, necesito conocer estas versiones, no me conformo con una sola. En términos de la plástica diría pues, que me va bien el cubismo: varios lados, varios ojos, varias interpretaciones, varias ventanas al vasto paisaje de la vida humana en el colectivo de mi país.

En los álgidos momentos políticos que sacuden  la sociedad venezolana, vuelvo al Twitter, mi espacio para sacar del horno mi Homo politicus tan necesario, enciendo mis dos columnas e inevitablemente me encuentro con la manifestación vibrante y dinámica en 140 caracteres de dos países que dicen llamarse Venezuela.

Mi mirada inquieta salta de una columna a otra, de un país a otro y allí encuentro, en ambas, desenmascaramientos de fotos manipuladas para servir a la causa, satanizaciones del otro, un montón de adjetivos calificativos y burlas lanzados a la otra cancha como piedras de odio, interpretaciones opuestas del mismo hecho, fotos comparativas de qué marcha o concentración tuvo más gente ese día, videos e imágenes de supuestos hechos violentos protagonizados de lado y lado, links a artículos de opinión que iluminan y justifican el actuar de cada lado… También encuentro voces de alerta y ponderación, información que intenta ser objetiva, la creencia genuina de que el planteamiento de país de cada lado es el mejor para todos. Allí todos opinan y a todos leo, al Presidente de la República, a sus ministros, a líderes estudiantiles, a líderes políticos de oposición y oficialismo, a jóvenes, adultos, ancianos, ciudadanos comunes y corrientes, como yo.

Es allí, en esas dos columnas  hacen vida, como en ningún otro lugar, los mecanismos de construcción de estereotipos mediante generalizaciones a partir de hechos particulares:  Un guardia nacional viola con un fusil a un  joven detenido, entonces TODOS los guardias nacionales SON VIOLADORES, muere un motorizado degollado por una guaya en una guarimba opositora, entonces TODOS los manifestantes de la oposición SON ASESINOS Y GUARIMBEROS. En esos mismos sacos de la generalización caen definiciones de “fascista”, “apátrida”, “imperialista”, “burgués”, ”burro”, “manipulado”, “violento”, “golpista”.

Este mecanismo bien descrito por psicólogos sociales surge como una acción adaptativa de grupos humanos aglutinados para defenderse de otros grupos considerados hostiles, los individuos son reducidos a etiquetas (estereotipos) repetidas una y otra vez, interiorizados, y es partir de esas etiquetas o lentes para ver al otro, que cada uno se relaciona con todo el colectivo que habita en la otra columna.

Es de esperarse, que -en los actuales momentos  cuando varios venezolanos han perdido la vida y la amenaza se hace más palpable y real- este mecanismo se agudice;  lo compruebo con gran inquietud en la horrorizada pantalla de mi PC: se multiplican los tweets que emergen de lado y lado metiendo a la otra mitad del país en un solo saco y perdiendo de vista los individuos, las motivaciones, la historia…

Mirar varias veces al día esos verticales rectángulos polarizados -más parecidos a trincheras-  que muestran el país que habito, es un desafío profundo: el de separar hechos de opiniones, el de desentrañar generalizaciones, el de descubrir donde comienza y donde termina la verdad, donde comienza y donde termina el uso planificado y consciente de estas generalizaciones como uso estratégico para aglutinar el odio y hacer cada vez más distante la posibilidad de puentes y encuentros, único camino para la paz y la salida de la crisis…  porque sin duda hay interesados en que ese odio perdure y aumente, nunca faltan los perros de la guerra, los grandes beneficiarios de un pueblo que se extermina a sí mismo.

Pero más allá de los medios, de las redes sociales, de las interpretaciones y lentes para mirar y explicar esta gran movilización social en Venezuela, existen hechos del día a día que golpean la vida del venezolano independientemente del lado de la columna que habite, y la golpean aún más en la medida en que viva en la pobreza; existen hechos transformados en vivencias únicas e individuales que no provienen de la manipulación estratégica o no de ningún medio: el hampa nos mata y agrede en cualquier hora y lugar, el salario no alcanza, no conseguimos la comida ni las medicinas que necesitamos para vivir, debemos invertir largas horas improductivas en colas, de mercado en mercado para conseguir artículos de la cesta básica (y aquí me atrevo impúdicamente  a usar el “nosotros” y a atreverme a generalizar a meter a otros en mi mismo saco y a meterme en el saco de otros, nadie se salva, perdón sólo unos pocos privilegiados en el poder político y económico).

Aquí no hay opiniones, etiquetas… solo HECHOS. Estos hechos, por supuesto tienen explicaciones de un lado y del otro: “ineficiencia y corrupción” en la conducción del país, por un lado, “guerra económica” por el otro. Pero el sol no se puede tapar con dedo… por mucho tiempo. Más temprano que tarde sabremos cuál de estas dos explicaciones es la que responde a la realidad o si existe una tercera con una buena mezcla de ambas.

Lo cierto es que cada día que pasa, la contundencia de esos hechos y el empobrecimiento y muerte de los venezolanos por esta crisis económica y social profunda, es lo único que comparten hoy genuinamente las dos columnas y lo único que puede servir para aglutinar voluntades de cambio.

Alimentar la polarización y el odio genera amnesia temporal acerca de los verdaderos y urgentes problemas a resolver, desdibuja el terreno común y saca del juego la amalgama posible para unir a las dos partes en la construcción de un país que nos sirva a todos.

Se trata entonces de retar “verdades”  y estereotipos, de buscar HECHOS, de asomarse a la otra orilla, de entender lo macro y lo micro, las motivaciones, la historia, de reconocer logros de la revolución, así como equivocaciones, de tender puentes y a partir de allí, comenzar a pensar todos en una tercera vía para construir un país donde estén presentes y valorados los logros sociales del pasado reciente, así como también la productividad de la industria pública y privada nacional, la eficiencia de los organismos del Estado, una economía sana con bienestar para todos, justicia, seguridad y una verdadera democracia con separación de poderes.

¿UTOPIA? NO lo sé… en todo caso, cuando me asalta esta duda, pienso en lo que logró Mandela en una Sudáfrica dividida por el odio racial.

Sin dejar de tener una posición acerca del camino que quiero para mi país, me siento maravillosamente enriquecida cuando me atrevo a colocarme en la línea divisoria  de mis dos columnas del Twitter, es sólo allí donde encuentro razones para soñar, es sólo allí donde lo que miro son otros venezolanos que también sueñan y que, en el fondo, en su gran mayoría, quieren lo mismo y no se han dado cuenta. Es sólo allí, en esa delgada línea que separa las dos Venezuelas, en donde puedo ser más venezolana que nunca.

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Artículo relacionado: “El desafío de la objetividad” de Gabriel Ruda

Desabastecimiento en Venezuela: Un vacío lleno preguntas


Fotos tomadas con la camara1

Automercado Gamma Plus y Luvebras un día cualquiera Caracas mayo 2013

No es casualidad que estos tiempos recuerde vívidamente mis visitas a Cuba por trabajo en 1992 y a la URSS por turismo en 1986, donde vi por primera vez en mi vida colas de gente para comprar bienes básicos… las vi como extranjera, hace ya unos cuantos años, con la certeza absoluta e inocente de que nunca iba a vivir algo como éso. “Qué duro”, “qué triste”, “¿cómo le puede pasar eso a un país?”… pensaba, mientras seguía mi paso y mi vida en mi amado país petrolero, consumista y miope.

Pero el destino me alcanzó… aquella ilusa certeza resultó ser la inexactitud más lamentable de mi pobre visión como ciudadana de la Venezuela socialista del siglo XXI.

Hoy, sin que se hayan cumplido los primeros 100 días del nuevo gobierno en Venezuela, heredero de un modelo político económico que ha incluido a los más pobres excluyéndonos a todos (ellos incluidos en esta exclusión) de la posibilidad de adquirir lo que necesitamos para vivir dignamente, hago colas para comprar bienes básicos y veo en las redes sociales, con una mezcla de indignación y compasión, colas interminables en el interior del país, para comprar pollo, harina pre-cocida de maíz, carne…y ¡papel higiénico!

Y mi pensamiento vuelve a Cuba y a la URSS… donde aquellos ciudadanos tenían tarjetas de racionamiento que en Venezuela no han hecho falta, el racionamiento se da de manera natural, por defecto, mediante los conocidos letreritos impresos caseramente que anuncian: “Máximo dos por persona” cuando hay….

Mi semanal y obligado paso por el supermercado me entrega el vacío agobiante del faltante de moda, la estrella de los titulares: el papel higiénico (o papel  toilette, como le decimos en Venezuela). Me atrevo a tomar fotos con mi celular, al principio sin tener claro aún para qué… (fueron para ilustrar este post)

Observo ese vacío enorme y blanco de las estanterías, un vacío que me abofetea de realidad, un vacío infértil, lleno de todo, menos del preciado bien que necesitan varias veces al día millones de venezolanos para el más elemental acto de higiene personal. Un vacío lleno de preguntas que se me clavan en la zona pre-frontal de mi cerebro, allí donde el razonamiento se esfuerza por encontrar explicaciones.

Me voy al Facebook, al Twitter, y no puedo –por más que lo intento-  reírme de la cantidad de auto-burlas y chistes típicamente venezolanos acerca de este faltante tan vergonzozamente atípico que se ha convertido en noticia y crueles caricaturas en muchos países del mundo.

Vuelvo al vacío de las estanterías, y me dejo acribillar por las preguntas que las usurpan: ¿Cómo fue que llegamos hasta aquí? ¿cómo un modelo económico que busca equidad y bienestar no es capaz de generar productividad y abundancia sostenible para todos? ¿Por qué insistir en copiar semejantes causas para obtener semejantes resultados? ¿Cuánto me parezco hoy a aquellos ciudadanos que vi haciendo cola en la URSS y en Cuba? ¿Cómo le puede pasar esto a un país? ¿Dónde y cuándo conseguiré papel higiénico?

Cierro los ojos para no ver, me tapo los oídos para no escuchar el silbido de estas preguntas que como dardos pasan volando cerca de mi humanidad, respiro profundamente y sueño por momentos que he despertado y que todo era una sólo una pesadilla.

El enemigo que no vieron…


ventana

Chaplin decía “Nunca encontrarás un arcoíris si estás mirando hacia abajo”, y yo completo: “Nunca encontrarás a tu verdadero enemigo, si estás mirando hacia afuera”.

Los revolucionarios venezolanos han insistido en ver sus enemigos afuera: la ultraderecha y los mal llamados “fascistas”. También los buscan un poco más lejos: el Imperio Yanki, la CIA, el Mossad.

Buscan afuera, como la mujer que busca azorada su zarcillo perdido en la entrada de la casa porque “allí hay más luz”, cuando lo perdió en la calle.

Pero para el proceso revolucionario venezolano el verdadero enemigo está y ha estado adentro, bien adentro y se llama corrupción e ineficiencia.

Como un cáncer, este enemigo comenzó siendo un pequeño tumor a la llegada del poder de Hugo Chávez,  sólo visible con precisos exámenes médicos que al principio el proceso se negó a hacerse.

Y ese tumor fue creciendo, en un cuerpo sin cirugía, sin tratamiento, sin quimioterapia ni radioterapia, un cuerpo que no quería ver… fue extendiéndose en una invasiva metástasis, arrasando a su paso el sistema eléctrico nacional, la seguridad ciudadana, la producción y comercialización agrícola, la producción industrial, la asignación de divisas, el cobro de tributos, el ejercicio de la justicia y pare de contar.

Hoy el cáncer ha invadido la mayoría de los órganos del cuerpo del proceso, y aun asi, éste sigue disparando hacia afuera. El cáncer no se cura en una trinchera.

El proceso tuvo muchas oportunidades de mirar hacia adentro, de sentir y extirpar sus tumores, de rectificar, pero no lo hizo, estaba muy ocupado mirando para afuera, por alguna razón, es el único lugar donde aprendió a buscar… HOY YA ES TARDE. El proceso está enfermo de muerte… y no lo mataron los “oligarcas”, ni “la derecha”, ni  “el imperio”.

 Hay dolientes, muchos dolientes…hay también sepultureros listos para hacer su trabajo….

Pero la muerte precede a la vida, y no todo muere, sino que parte se transforma. Hay un nuevo proceso en gestación, una nueva vida viene en camino, con ganas de nacer, de aprender del pasado, de vivir su tiempo y cuidarse de esos mismos enemigos que mataron un proyecto social sin haberse coronado con el prometido y anhelado bienestar y equidad para todos.

La mitad más pequeña


La mitad mas pequeña - elecciones Venezuela Abril 2013

Hace poco más de tres décadas, cuando estudiaba 4to. año de bachillerato, me topé por primera vez con esa fascinante figura  literaria y lógica llamada oxímoron,  que consiste en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, como por ejemplo “instante eterno”, “limonada de fresa”, “tolerancia cero” o ”paz armada”.

Nunca pensé que la noche del 14 de abril de 2013, un oxímoron gráfico iba a golpear de manera tan reveladora mis ojos y mi entendimiento  y  la de otros millones que dieron su voto a la opción del cambio: a los pocos minutos del primer reporte  de la Presidenta del Poder Electoral, la pantalla del canal del estado mostró una imagen donde el 49,07 %  de los votos supuestamente obtenidos por Henrique Capriles era representado apenas por una base casi bidimensional, imperceptible y  a ras de suelo, contrastando con  un erguido y grande cilindro rojo en 3D con un 50,66 %  de votos atribuidos a Maduro cuya diferencia  era solo el 1 % aproximadamente.

Esta imagen, rápidamente construida por el infógrafo del canal en aquellos tensos momentos, se quedó grabada en mi cabeza y allí permaneció latiendo durante unos días, a la espera de su metabolización.

Luego de casi una semana de intensa crisis política por la negativa del Poder Electoral, posteriormente re-considerada en forma de auditoría, de realizar un reconteo de votos por la existencia de una diferencia muy estrecha entre ambos candidatos y con denuncias de más de 3.000 incidencias de las mesas de votación por parte de la Mesa de la Unidad Democrática, entendí al fin con claridad que ese cilindro azul aplastado casi hasta el piso, que esa “mitad más pequeña”, ese oxímoron tan perturbador,  no es más que la expresión más gráfica de lo que lo la Dra. Elizabeth Kübler-Ross, experta en duelos humanos, describe como “negación”, la primera etapa de un proceso de duelo, que bien vivido, lleva inevitablemente a la aceptación.

Y es que  los seguidores del proceso revolucionario bolivariano están en duelo, un duelo profundo, es más, un doble duelo: no sólo perdieron físicamente a su insustituible  líder el día 5 de marzo, sino que también, por primera vez en 14 años, perdieron el apoyo de la mayoría del pueblo venezolano. De golpe y porrazo,  aquella noche del 14 de abril el oficialismo se encontró con una oposición cuyo cilindro azul bien ilustrado se le hubiera parado al lado, de tú a tú, de pueblo a pueblo, al cilindro rojo para decirle: “aquí estamos también, somos millones, creemos en otro camino para el progreso, con inclusión, justicia y  democracia y estamos dispuestos a luchar por él”.

La negación es esa primera etapa del duelo, es no querer ver lo obvio, lo que parecía imposible, ese  “esto no puede estar pasando”; negación plasmada en la imagen mencionada, en donde una mitad parece aplastar a la otra hasta convertirla en un mero elipse en el piso de la gráfica. Expresión inconsciente que recoge una realidad negada hoy por millones.

La segunda etapa del duelo es la rabia, rabia de muchos contra muchos, rabia por los 800.000 chavistas aproximadamente que sólo seis meses  antes habían depositado su voto y sus esperanzas de continuidad en Hugo Chávez y que esta vez no lo hicieron por Maduro, rabia porque esa mitad, digan lo que digan, es pueblo decepcionado, es pueblo que no encontró en Nicolás Maduro, en sus 100 días de gobierno, a un líder resonante ni evidencias de capacidad para abordar  los serios problemas que  agobian al venezolano en su día a día, rabia porque los manidos calificativos de “oligarcas”, “burgueses”, e “imperialistas” resulta que ya no sirven para nombrar a esa otra mitad llena de pueblo.

Rabia que se ha visto y expresada una y otra vez, en estos días aciagos, en las acciones y expresiones destempladas de muchos de los que hoy detentan el poder con amenazas, cacería de brujas, simulación de hechos punibles, amedrentamientos…

La tercera etapa es la negociación, que se da cuando la  persona, en caso de enfermos con enfermedades potencialmente mortales,  tiene la esperanza de que puede, de alguna manera, posponer o retrasar la muerte inevitable y para ello, usualmente “negocia”  una vida extendida con un poder superior a cambio de una forma de vida reformada. En el caso que nos ocupa, esta etapa  la comenzamos a ver cuando el chavismo, comienza a “negociar” tácitamente con el equivalente al poder superior, el pueblo, y también en el interior de sus filas, una revisión y un cambio; fueron varios los oficialistas que instaron a una profunda revisión y lectura correcta de los resultados, siendo una de las más impactantes la expresada por Juan Gómez Muñoz un día después de las elecciones titulado “Por qué ganamos de vaina o porque de vaina perdimos”  publicado en portal socialista Aporrea.org.

La cuarta etapa es el dolor, y en esta etapa ya están también muchos chavistas de corazón, es un dolor silencioso, guardado de la piel hacia dentro,  que no se asoma por las ventanas, un dolor por la sensación de estar presenciando el inicio del final… el inicio del desmoronamiento de un proceso revolucionario que logró importantes avances en lo social, pero a un precio muy alto en la sustentabilidad y mejoras para TODOS los venezolanos; dolor por la pérdida de una oportunidad histórica para profundizar en un modelo en el que le han apostado, pero que la ineficiencia, la corrupción y el error de repartir odio a diestra y siniestra por todos los que no votaron por Chávez metiéndolos en el mismo saco de una “despreciable derecha fascista” y “traidores a la patria”, llevaron al cansancio y a la decepción de un pueblo que se desangra a manos del hampa, cuyo salario ha sido devorado por una inflación voraz, que no encuentra bienes básicos en los mercados, que le falla el agua, la luz… haciendo de la vida cotidiana un viacrucis incomprensible para los que viven fuera de nuestras fronteras.

La aceptación, última etapa de los duelos bien vividos, es la que le permite al individuo aceptar su pérdida y seguir su vida incorporando los aprendizajes posibles. La aceptación marca el inicio de la verdadera posibilidad de cambio. Para el chavismo será aceptar a esa otra mitad, aprender a ser mitad y no mayoría, tender puentes y revisarse. Reconocer la otra opción y dejarle el paso, si demuestra que la ventaja de 200.000 no es tal, lo cual no significará en ningún momento salir del juego, ya que, en una democracia, tienen vida y derechos -a través de los partidos políticos- distintas visiones de país que el pueblo elige cada seis años.

Las primeras cuatro etapas del duelo no siempre se viven es este orden, pero se viven… Tomará tiempo al chavismo y al oficialismo (no todo chavista hoy en día es oficialista) llegar a la etapa de aceptación, aceptar sus pérdidas y reinventarse sin necesidad de renunciar a la esencia de su pensamiento social. Le toca ahora a la oposición entender ese duelo, acompañarlo con respeto y sin violencia, pero sin desfallecer en su válida lucha, dentro de la legalidad, de llegar hasta el fondo de la verdad de ese 1% que en la infografía del canal del estado aquella noche inolvidable del 14 de abril, ilustraba más la representación de un profundo anhelo, que la cruda realidad de una cifra matemática llena de significados.